A día de cualquiera tiene bastante claro, a grandes rasgos, qué hay en el interior de la Tierra. Corteza,
manto, núcleo interno y núcleo externo son las capas que incluso un niño, y
seguramente con mayor acierto al tenerlo más fresco, sería capaz de nombrar.
Pero esto es ahora. Probablemente en 1864 (el año de publicación de la novela
que hoy nos ocupa) la cosa no estuviera tan clara. No es de extrañar que
algunos escritores se aventuraran a imaginar qué misterios podía albergar en su
interior nuestro hogar. El que lo hizo con mayor tino, consiguiendo que su novela
pasara a la posteridad hasta incluso convertirse en varias películas, fue Jules
Vernes con su Viaje al centro de la Tierra.
En Viaje al centro de la
Tierra el autor, mediante la primera persona a la hora de narrar, nos pone en
el pellejo de Axel, un muchacho que
reside en Hamburgo junto a su tío Otto LidenBrock. Del tío podemos decir
que es tan inteligente como excéntrico, un genio que en ocasiones se comporta
como un capullo con la gente. La cuestión es que Otto, por pura casualidad, ha
descubierto un pergamino que resulta ser un mapa de un explorador que
despareció hace mucho tiempo. Tras descifrarlo, el mapa no solo les pondrá tras
la pista del explorador y alquimista llamado Saknussemm, sino que les será
revelada una entrada para llegar al mismísimo centro de la Tierra. Axel se verá
arrastrado por su tío y por Hans (el porteador de la misión) en una suerte de
aventura que empezará tras introducirse en las entrañas de un volcán ubicado en
Islandia.
Con una prosa pausada y
rica en vocabulario donde no escasean las florituras, Jules Verne nos lleva a
un viaje de exploración que recuerda a todas esas grandes gestas donde gente
valiente, y algo loca, se lanzó a conquistar el Polo Norte, a sobrevolar el océano
Atlántico o a conquistar los lugares más recónditos del planeta. A través de los
ojos del reticente Axel iremos descubriendo lugares bellísimos descritos con
majestuosidad, la oscuridad total en un laberinto de túneles en los que
perderse significa morir y formas de viajar difíciles de creer pero divertidísimas
de imaginar, virtud esencial para disfrutar totalmente de la novela.
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Jules Verne pensando en la Luna |
En Viaje al centro de la
Tierra la tensión narrativa funciona durante toda la novela con solo tres
personajes, cuatro si añadimos el paisaje pues en cierto modo va evolucionando
junto con los exploradores. Un viaje iniciático para unos, un viaje para
valorar lo que realmente importa para otros. Una aventura clásica que disfrutar
una y otra vez para el lector, y más si tenemos en cuenta la excelente edición
de Austral: tamaño pequeño sin llegar a bolsillo, tapa dura con textura rugosa
y una portada de la que es imposible despegar la vista.