miércoles, 30 de mayo de 2012

El enigma de la calle Calabria

Barcelona,1881.Gerardo Borrás,un acaudalado empresario, toma su coche de caballos para trasladarse a la estación de Sants y viajar a Madrid. Al llegar al fin del trayecto, su cochero se encuentra con que su señor ha desaparecido. A petición de su buen amigo Alfredo Blázquez, y a que el desaparecido es el marido de su prima, Víctor Ros acude a Barcelona a investigar el caso adentrándose en una compleja y peligrosa investigación durante la cual recorreremos con él la populosa Barcelona del siglo XIX; desde los ambientes elegantes del Liceo a los poblados chabolistas de los inmigrantes; Gaudí, Monturiol, los últimos románticos y los primeros modernistas estarán presentes a lo largo de esta novela ya compañarán a nuestro protagonista en la resolución de un gran misterio en una sociedad en plena evolución a las puertas del siglo XX.


Barcelona, unos años antes de que por toda Europa se la conociera por la ciudad de las bombas, debido sobretodo al atentando con una bomba orsini en el Liceu; un detective de dotes innatas para resolver casos más que peliagudos intentará resolver uno aparentemente de secuestro y ,sin remedio, tal como avance el caso  se verá sumergido en algo más macabro y oscuro...

Bomba Orsini
Con esto, muchos ya deberíais estar convencidos para al menos leer la primeras páginas, os guste o no la novela negra de época. Y probablemente sea en las primeras páginas donde os atranquéis y abandoneis la lectura ante la lentitud como se presenta el caso y las largas conversaciones que mantienen los interlocutores. ¡Gran error cometeríais!, ya que son en estos diálogos donde Jerónimo Tristante, el autor, os ubicará en el tiempo, en las costumbres, en la política de le época y os presentará a los personajes de la obra.
Las descripciones de la Barcelona de la Reinxença es impecable, ya sea con pequeños (o enormes) detalles, con apariciones estelares de personajes de renombre de aquel siglo o con la forma de hablar de las diferentes castas sociales. Recreando así un retrato de la Barcelona de finales del siglo XIX tan real que el lector apenas debe hacer esfuerzo para verse inmerso por entre las chabolas que se hacinaban en la Barceloneta o para asistir a las reuniones de los adinerados prohombres que dominaban en la sombra la ciudad y que gustaban de ir a ver opera en el Teatro del Liceu de Barcelona.
Teatro El Liceu  de Barcelona

Por otro lado, además, Jerónimo Tristante, nos vuelve a poner al lado de Victor Ros, un detective que está avanzado a su época y que lleva sus investigaciones de una forma un tanto, especial. Un personaje que se lleva todo el carisma pero que arropado por unos secundarios (algunos de verdadero lujo) bien definidos aportarán aún más solidez a la personalidad del protagonista.
Jerónimo Tristante

Y finalmente está el caso. Aparentemente de fácil de resolución, pero que a medida que avancen las pesquisas llevarán al detective (y al lector) a una vía muerta. Llegando así a la segunda parte del libro y presentando a otro personaje y otra historia. Desubicando, tal vez, a las primeras de cambio, al lector (algo tremendamente bueno para disfrutar el libro al máximo) y haciendo que alguno que otro con un poco de perspicacia, o simplemente con más lecturas de novela negra a sus espaldas, comiencen a descubrir algunas partes del caso, sólo las que el autor quiere, eso sí. Para finalmente llegar a un final excelente; oscuro, lluvioso, enfangado y con un último giro en la trama que deja la puerta abierta para un enfrentamiento épico. Pero eso, tal vez, y si quiere el autor, en otro libro.

martes, 22 de mayo de 2012

Adiós doctor House


Cuando se acaba una etapa, cuando se termina un momento, nos embarga la nostalgia. Una situación cualquiera, una persona, un buen libro o 8 temporadas de una serie televisiva protagonizada por un doctor atípico pero cargado de carisma, cualquiera de esas cosas puede producir ese sentimiento. A partir de aquí, lo que queda son recuerdos, buenos, malos, pero sólo recuerdos.

Corría el año 2004 cuando el doctor House llegó a las pantallas renqueando y apoyándose en un bastón. Su medio natural era el hospital Princeton-Plainsboro y allí, como un depredador, acechaba para acabar con alguna enfermedad rara o para soltar una contestación repleta de sarcasmo al paciente de pacotilla que sólo venía a la consulta por una nimiedad (o eso es lo que House creía).
Entonces, era cuando los telespectadores se preguntaban por qué la directora Lisa Cudy no ponía de patitas en la calle a ese doctor malcarado, desagradable y prepotente. Y la razón se hacía evidente enseguida: Gregory House era un genio encargado de dirigir un equipo especial de diagnóstico de casos muy raros, y su porcentaje salvando vidas era extremadamente alto.

Todo el mundo miente
Cada vez que House se enfrentaba a otra misteriosa enfermedad evitaba  en medida de lo posible el contacto con el paciente ya que éste era un gran estorbo y contaminaba con mentiras "las pruebas" para llegar a la solución. El paciente, de hecho, visto desde el deformado prisma que envolvía la realidad de House, sólo era un mero receptor de ese rompecabezas. Un cero a la izquierda que no aportaba nada a la ecuación que deseaba resolver. Y si, por uno de los avatares de la vida, House debía mantener una conversación con el paciente, éste último probablemente se arrepentía, se deprimía, intentaba agredirle o interponía una demanda contra el hospital. Y es que la honestidad de House podía llegar a ser devastadora cuando el paciente estaba deseoso de ser engañado.

Holmes y House
Para todo aquel fan del detective creado por sir Arthur Conan Doyle no pasaron desapercibidas el sinfín de referencias que podían observarse en la serie. Los guionistas las habían metido sutilmente (algunas más que otras) pero allí estaban a la vista de todo el mundo. Sherlock Holmes había vuelto (si es que alguna vez se fue) y esta vez llevaba deportivas, camisetas estampadas bajo una camisa y seguía resolviendo casos, eso sí, los malhechores eran minúsculos y siempre eran letales.
Así pues no era casualidad que el apellido del doctor comenzara por la misma letra que el del detective, y tampoco que su mejor amigo, el jefe de oncología James Wilson tuviera un nombre tan similar al del compañero inseparable de Holmes: Jhon Watson.
House tocaba el piano. Holmes el violín. House era un adicto a la vicodina y Holmes se ponía irascible e insoportable si no recibía su dosis de opio, cocaína o morfina. Droga que se suministraba en el 221 de Baker Street mientras que House guardaba sus alijos en el apartamento número 221B.
Y podría seguir, con personajes secundarios de nombres similares a los de las novelas de Conan Doyle y situaciones que perfectamente se podrían haber extraído de uno de los casos del detective para adaptarlos a una situación hospitalaria. Pero si había algo que los convertía en iguales era sin duda la obsesión que les carcomía por resolver el caso y acabar con el malcechor (o enfermedad).

Nunca es Lupus
El equipo de diagnóstico de House siempre estuvo compuesto por 4 o 5 personas. Médicos especializados en diferentes ramas de la medicina que entrarían con ilusión en dicho grupo y que a los pocos meses se arrepentirían de trabajar allí o, en el peor de los casos, comenzarían a pensar igual que House.
Chase, Cameron, Foreman, Trece, Taub... y unos cuantos más que con el tiempo decidían (o eso creían ellos) abandonar al tirano del doctor House.
Los capítulos seguían un particular esquema: paciente con enfermedad rara es tratado por el equipo de House, el equipo empieza a descartar enfermedades hasta que al final salvan o no la vida del paciente.
El caso médico, la forma de diagnosticar, etc. Todo tenía una documentación exhaustiva para darle la máxima veracidad al asunto. Aún así al lo largo de las temporadas poco importaba el tema médico ya que siempre, el caso en si, planteaba un debate moral con los integrantes del equipo y el propio House como contertulios. Debate que siempre traspasaba la pantalla para llegar al espectador que inevitablemente se debía posicionar, consciente o inconscientemente, en uno de los bandos.

Everybody Dies
¡Atención, este apartado contiene Spoilers!
La máxima de House que repetía una y otra vez durante la serie era: Todo el mundo miente. De hecho este era el título que recibió el primer capítulo de la serie.
Cuando a falta de muchos capítulos para que el episodio 22 de la temporada 8 se emitiera (el episodio que pondría final a toda la serie) pudimos saber que el título de este era un juego de palabras (en inglés) con la frase más repetida por el doctor pero que daba un significado demasiado... definitivo, todos nos temimos lo peor.
Entonces la pregunta era irremediable: ¿Moriría House? 
La pregunta cambió al ser rebelada la terrible enfermedad que a Wilson se le diagnosticaba a falta de muy pocos episodios para el desenlace.
Así pues, en estos últimos capítulos House se desvincularía casi por completo de los casos que le asignaban (dejando a su equipo actuar solos y con libertad) e intentaría solucionar el caso más complicado de su vida: salvar la vida de su mejor amigo.
En estos capítulos el bromance mantenido por House y Wilson alcanzaba cotas dramáticas. Las bromas que se hacían el uno al otro, la auto obligación por parte de Wilson de convertirse en la conciencia de su amigo y la obsesión de House por psicoanalizar cada movimiento en la vida de su colega. Todo eso y sus sentimientos maximizados debido a la decisión (más que a la enfermedad en si) que Wilson tomaría nos regalarían unos minutos enternecedores y duros que nos harían tirar de pañuelo. Aún así, nada estaba dicho. Y es que los guionistas de House nos tenían acostumbrados a grandes finales de temporada, con vueltas de tuerca y a veces hasta con situaciones que rozaban la paranoia. Con lo cual que el último episodio comenzara con House desmayado, un cadáver a su lado y un edificio en llamas no nos extrañó, pero como siempre, nos desubicó. Luego una explosión y la desaparición de Gregory House.
Muchos tildarán a los guionistas de cobardes, de no tener el suficiente valor de acabar lo que habían empezado, de decepcionar a todos aquellos seguidores que necesitaban un gran drama. Pero, ni siquiera Conad Doyle pudo con Holmes. Y es de nuevo cuando las referencias al detective son visibles en el último capítulo. Un gran homenaje a la muerte y retorno de Sherlock Holmes, dándole a House sus propias cataratas de Reinchenbach para que luchará contra su némesis: el mismo. Para luego, de forma metafórica y literal, renacer de las cenizas y volver como alguien mejor. Abandonando su yo auto destructivo y cínico para aprovechar su parte más amable junto al amigo de toda la vida.

El final de House pues queda de esta forma totalmente abierto, dejando que cada espectador y fan decida el destino que les deparará a  los protagonistas que conduciendo sendas motos y con una suave melodía abandonan a más de 81.8 millones de espectadores a nivel mundial que les ha seguido y que les guardará en su memoria durante mucho tiempo.
Adiós Doctor House, buen viaje.





domingo, 20 de mayo de 2012

En el top 100 fantasía de Amazon

 Gracias a muchos de vosotros El Asombroso Domador de Luciérnagas ha entrado en el top 100 de fantasía de Amazon. Justo entre El Mago de Oz de Frank L.Baum y El Gran Gigante Bonachón de Roal Dahl.
¡Qué gran honor!

viernes, 18 de mayo de 2012

El invierno del dibujante

En la España de 1957 ser historietista era un oficio. No eran artistas, eran obreros de la viñeta. Cobraban a tanto por página (o por viñeta), trabajaban a destajo, siguiendo unos patrones establecidos e inamovibles. Renunciaban a sus originales y a sus derechos de autor a cambio del dinero cobrado. Pero en ese 1957 ocurrió algo que quebró la monotonía y sembró la esperanza. Cinco extraordinarios historietistas, famosos por sus personajes, osaron rebelarse.


Somos muchos los que crecimos leyendo las historietas (que no cómics) de la editorial Bruguera. Disfrutando de unos personajes que caminaban por las viñetas haciendo reír y llenándonos de curiosidad por saber quien se escondía tras la mano que con pulso firme los dibujaba. ¿Quienes eran Francisco Ibañez, Josep Escobar, Vázquez, Victor Mora, etc? 
Paco Roca tenía esa curiosidad, así que decidió quitarse esa espinita y al conseguirlo, al descubrir lo que se escondía tras las bambalinas de un teatro demacrado absurdo y repleto de esperpentos que era la España de la dictadura, llegó a la conclusión que debía compartir el conocimiento. 


Y así llegó El Invierno del Dibujante.

Con un dibujo ya característico (rostros redondeado con pocos detalles pero con personalidad en contraste con escenarios de un detallismo y realismo inigualable) no sólo nos relata en esta historia las peripecias de los historietistas de la época en si, si no que es esa época la que marca el ritmo y el compás convirtiéndose en la protagonistas.
Si hay algo que se deba remarcar de El Invierno del Dibujante es el realismo; de tal calidad y veracidad que más que un cómic es un documento sobre aquellos tristes años que vemos reflejados en cinco dibujantes (Escobar, Cifré, Peñarroya y Conti) que decidieron luchar por una libertad que no existía y perdieron. Aunque desde el punto de vista de Paco Roca, y narrando muchas veces más a través de las imágenes que del guión, los ganadores no se llevan trofeo y los vencidos no son los perdedores.
Color azulado para invierno

Una historia con estaciones y colores.

En una historia tan "simple" no cabría esperar ninguna sorpresa. Pero la hay. Y es agradable ver que el autor no ha tirado por el camino fácil, evitando narrar de formar lineal y saltando hacía adelante y hacía atrás en el tiempo, moviéndose por las estaciones. Estaciones que vienen representadas por unos colores que tintarán toda la página y que sirven como un maravilloso engaño visual para el lector.
Color amarillento para finales de verano


El Invierno del Dibujante es una gran historia. Realizada con cariño y afecto, algo a lo que nos tiene acostumbrado el autor. Con  un humor respetuoso y con unos personajes carismáticos (a tener en cuenta al granuja de Vázquez).
Lo peor de esta historia es que el tema o la pausada narración no te guste; aún así deberías darle una oportunidad y leer al menos una estación.